Recuerdo aquel hombre
que vivía solitario en aquellos campos;
con sus cabras, con sus flores,
con su soledad y su encanto.
Nadie entendía a ese hombre
que cantaba a la vida todas las mañanas,
la sembraba, la respiraba,
la amamantaba sobre su pecho.
No he vuelto a conocer a nadie
que viviera tan sencillamente
y con tanto entusiasmo.
Parecía un ser extraño,
cuando en realidad no existían más seres extraños
que los que nos atrevíamos
a ultrajar su entorno.
Le recuerdo hoy
no como a un ermitaño,
sino como a un ser feliz que comprendía
la verdadera existencia.
En su vida no existía la pena,
el dolor ni el llanto,
tan sólo amaba a sus animales,
sus flores y al arroyo
que bañaba sus oídos con su dulce melodía.
Él era parte de su entorno
y no existían distinciones
con todo lo que le rodeaba.
Aquel hombre no entendía
cómo nosotros podíamos vivir así.
Debemos entonces reflexionar
¿ quién era el hombre raro?
Cuánto echo de menos a aquél hombre
que cantaba a los campos,
al sol, a la luna,
y que mecía a las estrellas entre sus brazos.
Su corazón era duro,
al igual que sus manos,
pero había en él una sonrisa eterna
que brillaba perenne en sus labios.
Qué cerca te siento ahora,
pastor de cabras que mimas tus campos;
ahora me encuentro en tu interior
y comprendo que de verdad amabas la vida.
La moldeabas con tus manos.

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